Un pastor que viajaba por el Sur de los Estados Unidos, consiguió permiso para predicar en la cárcel local. El hijo de un amigo lo acompañó. Después de la predicación, el joven, que no era cristiano, le dijo al predicador: - Espero que su sermón haya impresionado a los criminales. Una predicación de esa clase debe hacerles mucho bien. -¿Te hizo bien a ti? - Pero ¡Es que usted estaba predicando a los presidiarios! El pastor meneó la cabeza y dijo: - Yo estaba predicando el evangelio de Cristo, y usted lo necesita tanto como ellos.
D. L. Moody
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